Poemas de Santiago Dimas Aranda
A un mes del centenario del poeta Santiago Dimas Aranda, seguimos conmemorando su vida y su aporte a la cultura literaria paraguaya. Esta vez, compartimos una selección de poemas del libro Vida, ficción y cantos. ¡Que la disfruten!
Página breve
Haber nacido en sombras y perseguir una estrella.
Abatir la tiniebla tras la luz que buscamos.
Vivir con quienes nos odian porque no nos comprenden
y a quienes comprendemos y a quienes amamos...
Solitaria existencia entre la multitud.
¿Eres tú,
juventud?
Eres página breve, más final que comienzo.
Eres brisa que dura sólo un soplo y se va.
Multitud ciega y sorda,
¿para quién mi cantar?
¿Vale más mi silencio que mi verdad?
Quién pudiera ser ave
sin maldad,
sin bondad
y en las calles del pueblo
simplemente cantar.
Quién pudiera ser árbol
sin hablar, sin andar
y en la choza más pobre
ser la lumbre
o el pan.
(1948)
Un amor que destruí cuando niño
Era una alondra
y era otra alondra.
Era la amada
y era el amante.
El tálamo nupcial era un ramaje
donde dos vidas al amor cantaban.
Y los días pasaban.
Ternura y cadencias la fronda mecían.
Yo, un niño, jugaba,
reía, soñaba,
miraba, admiraba tamaña ventura,
altar do Natura
plasmara dos almas
dos dichas con alas
colmando la tibia floresta de arrullos
y de melodías.
Llegada la aurora,
yo estaba en la fronda
donde disfrutaba de agreste caricia.
¡Qué lejos estaban de mí las malicias!
Ingenuos los ojos de la infancia mía,
ingenua la dulce y aromada umbría
que en tierno connubio bendecía la vida.
Feliz primavera.
Felices las flores.
Feliz la alquería.
Yo sólo era un niño, candor y alegría,
pájaro entre pájaros,
florecilla humilde
que entre la arboleda simplemente crece
Mas, ¡ay, la aventura!
¡La oscura aventura!
¡El ingenio cruel!
Un día malsano
me armé de una honda,
y al nido encantado
macabra pedrada
le arrojé feroz.
Cayó un cuerpecito temblando
y yo,
festejando mi increíble hazaña,
me lancé gritando por aquel sendero
que minutos antes
estaba tan lleno de cantos,
tan lleno de cantos.
Y volví a la tarde.
Visité la fronda.
Visité aquel nido donde hermosa vida
yo mismo aplastara con mano asesina.
Mas, he aquí el asombro:
ya muerta la amada,
un contrito amante cubría a los hijos.
Llamaba, llamaba, llamaba y lloraba...
Verídica lágrima que el pecho calaba
mojaba aquel nido.
Caí de rodillas.
Nublaron mis ojos.
Mis dedos crispados hirieron mi rostro.
Lloré amargamente,
con ese dolor tan puro y profundo
que sólo conocen los niños,
¡oh, Dios!
Corrí por el prado,
por aquel sendero
ahora tan lleno, tan lleno de llanto.
¡Corría espantado de mi propio horror!
(1948)
Mensaje
Ya era tarde y partieron mis palomas enfermas
Era invierno en la tierra
No asomaba una flor
Pero a mis pies sangraban pétalos de mi alma
y en mi mente
tu nombre
sin querer floreció.
Una tarde cualquiera
de dolor y de sombras
acallaron mis males
la esperanza nació
y lancé por los aires mis palomas enfermas
mensajeras de amor.
Tenues versos con alas que murieron de sombras
Eran pobres palomas mensajeras
Perdón
Una tarde partieron esperanzas a cuestas
y en los picos
sangrando
te llevaron mi amor.
(1948)
Juventud
Había ya un pedazo de trueno en mi garganta.
En mi cuerpo pequeño,
bajo mi propia sombra,
se agolparon los sueños con sus voces heridas
y pensé que era un hombre
y dejé de ser pájaro.
Luego,
oscuras dolencias tatuaron mi cuerpo,
en mi aurora cantaron doloridas alondras
y fui canto volando
y fui pluma en el viento.
Y pensé que era pájaro
y dejé de ser hombre.
Hombre o pájaro,
entonces,
ave enferma en el alba.
Hombre o pájaro,
entonces, bebí sed de distancias.
Juventud no quedaba.
No quedaban ya cantos.
Sólo truenos y truenos
y una luz de relámpagos.
(1950)
Motivo gris
Lágrima gris en las aceras grises.
El sol oculta su moneda y duerme.
Mi amante corazón se inclina triste
porque en la acra su tesoro pierde.
Distante grita Soledad mi nombre
tal como en una oración funesta.
Mi cuarto, abandonado, está sin lumbre.
En la azotea yace un ave muerta.
De lejos vine. Ya no sé de dónde.
Mis ojos vieron cierto mar ignoto.
Casi un misterio, mi verdad se esconde.
Toda mi vida es un dolor tras otro.
Muerde la nieve mis sangrantes labios.
Me ha sofocado una ciudad sin fin.
Pienso en el cuento del abuelo muerto
en los crepúsculos de mi infancia gris.
Luces y sombras. La razón que mata.
Más que el invierno, gris es la miseria.
En las aceras la verdad aplasta
la miserable mundanal materia.
Solo, tan solo como están los muertos,
hurgo en mí mismo la razón que ignoro.
Existo, vivo, y es que estoy despierto.
Si todo fuera un sueño, sería hermoso.
(1955)
A un joven poeta
Preguntas, joven poeta, si gritar es poesía.
Yo te respondo «sí»
en este tiempo sin metáforas
en que el cuerpo del hombre y su esperanza
no pasan de ser sólo sombras
y un gran silencio interrogante a cuestas.
Yo te respondo, poeta,
que la metáfora, hoy,
es piedra que aplasta y metal que hiere.
Yo te respondo «sí»,
que gritar contra el silencio es poesía.
Grita, poeta, contra la sombra,
grita contra la muerte,
¡grita hasta morir!
(1970)
Pies en tierra
Poso el oído en tierra
para captar los cantos olvidados.
Poso el oído, los pies, las manos
y el corazón en tierra.
Desde abajo y desde lejos
una canción me llega,
desde las tardes con olor a verbenas,
desde las mañanitas verdes
con veletas de mirlos y zorzales.
Son las voces que fueron
-pero están-
y son la esencia de mi alegría.
Retomo los caminos ya borrados
que esperan otros pies
para volver a ser caminos.
Rescatando el rebrote de la vida,
de repente me vienen al encuentro
mis frutales urgencias,
aquellas
que no me cabían en las manos
porque nacieron pletóricas
en el regazo de la esperanza.
Piso la tierra desde mi edad descalza,
desde aquella edad
en que vivir era fraternidad y hombría
en el terrón del cual provengo,
terrón mojado de sudor y ajenjo
que puso a germinar bajo mis pies
la semilla del canto.
Comencé cultivando un frutal pequeño
en la heredad de mi infancia campesina,
un árbol,
en cuya raíz dormía el tiempo.
Después, lo vi crecer y darse al mundo,
y desde entonces, poco a poco,
comprendí que Natura puede más.
Un hombre sólo es un hombre.
Cada brote, un capítulo de vida.
Cada pimpollo, preludio de futuro.
Nada en el mundo es fin en sí.
Semilla, brote, pimpollo,
todo es un irse sin término.
Ahora planto naranjos
con el aroma de mis ancestros.
Los planto para reverdecerme
y probar que mi amor no acaba allí,
que mi amor se transfiere
a mis adláteres de antes y de siempre.
Pienso que la vida
no puede ser sólo un juego
donde se gana o se pierde simplemente;
que el ser o no ser
sólo habrá de resolverse un día
entre el hombre y el hombre
y su conciencia.
Pienso que el árbol es un antiguo ejemplo,
creciendo hacia lo alto y lo profundo;
que el hombre es hombre, ser racional o animal pensante,
edificante si capaz de dar y darse,
viniendo desde atrás y desde abajo,
porque sólo así se crece,
viniendo yendo pensamiento al frente,
aunque mero pasajero,
ser presente.
(1991)
Indio viejo
Ya no tu gallardía de vinchas y penachos.
Apenas una sombra cargada de silencio.
Cabellera en cenizas, una selva de arrugas
y unos ojos tragados por el hambre.
Hete sentado allí,
mas no a la vera del carril selvático,
y sí en la vereda de la mendicidad.
Desde hace cinco siglos han venido
despojándote del alma y la esperanza,
matando tus arroyos, tus bosques y tus pájaros,
arrancándote el hábitat, para que el latifundio
imponga en esta tierra su negocio de látigos.
Pero tú, indio viejo, no te inmutas.
No manejas la ira vengadora del blanco
ni el gesto mendicante del paria de ciudad.
Sentado allí, sonríes,
muriéndote en la acera de tu orfandad perpetua.
Tu sonrisa es imagen de tristeza ancestral.
Tenías un espacio verde y concreto,
florestas que enraizaban los fueros de tu historia.
Pero el tiempo, el mismo que trajo carabelas,
trajo después talentos con motosierras
y armó a las leyes con metralletas.
Te talaron la voz de tu alegría
y la esbeltez altiva de tu estirpe,
y te has quedado allí, en la vereda,
con tu sombra, tus huesos, tu sonrisa,
espectador del lujo y la fanfarria,
y de una suerte de piedad que arroja
unas monedas para el indio viejo,
y así apacigua la conciencia impúdica.
Y nosotros, que nos decimos justos,
te miramos y vamos caminando.
¿A quién le importa que hayas sido el único
habitante cabal de este tiempo sin alma?
(1994)
Santiago Dimas Aranda
Fue un escritor paraguayo perteneciente a la llamada "Generación del 50", nacido el 25 de marzo de 1924 en el departamento de Guairá. Incursionó en todos los géneros literarios; escribió poesía, cuentos, novelas y teatro, todas obras con un contenido social importante, motivo por el cual fue perseguido y encarcelado durante las tiranías de Higinio Morínigo y Alfredo Stroessner; sin embargo, ni los encierros ni las torturas sufridos, ni aún el exilio que lo alejó físicamente del país, impidieron la cercanía de Dimas Aranda a la realidad social de su país, ni mucho menos redujeron su producción literaria.
Santiago fue también militante del Partido Comunista Paraguayo y a pesar de que afirmó que no se podía hacer política a través de la poesía, con cada una de sus obras sí nos heredó una literatura que despierta la conciencia social y que a través de un lenguaje directo y sencillo nos exhorta a tomar partido ante las crudas realidades que atraviesan la historia de nuestra sociedad.
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