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Mostrando entradas de marzo, 2024

Los desterrados, Santiago Dimas Aranda

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― ¡Por Dios Santo, Hermelinda! ¡No hay lugar en la tierra para nosotros!  ― dijo Loreto Paiva con una herida en la voz, en tanto se desplomaba en el catre que yacía debajo de un yuquerí ― . ¿Adónde iremos ahora? ¡¿Adónde?! Su morada estaba allí, casi en el agua; una suerte de rancho armado con arbustos, lonas y cartones, cuya única abertura daba al río. Mordido el pecho de amargura, llegaba de la ciudad. Aún en la frágil sombra del arbolejo, su rostro ardía. El sol, que estallaba sobre las ondas del río sumamente crecido, lo venía encandilando desde que entró en el bañado, impidiéndole sortear los aguachares del camino. Era mediodía. Loreto llegó empapado. La mujer, en cuclillas, apantallaba un fuego agónico. Se tapó los oídos. La vehemencia progresivamente amarga de su hombre la atormentaba, tanto que llegaba a pensar que algo grave pudiera tener en la cabeza. Por fin, despacio, se levantó y caminó hasta cerca de él. Lo miraba insegura. Sus labios cuarteados y sus ojos muy irritad...